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Posadas: 3 imperdibles gastronómicos y un bonus sobre la Costanera

Sobre la costanera, frente al Río Paraná y de cara a Encarnación, del otro lado de las aguas, se alzan decenas de restaurantes y ofertas gastronómicas variadas. Como ocurre siempre en las ciudades que orillan un río, Posadas no es la excepción. Pero estas ciudades, muchas veces tienen calle adentro las mejores cocinas, las mejores barras.

Un tip de viaje: hay que animarse a salir de los circuitos turísticos. Así llegamos a Poytava, el restaurante por pasos de Saúl Roberto Lencina, finalista del premio Barón B 2021; a Hevristika, donde la bartender, Verónica Báez, se luce cada noche con sus tragos de autora; a Santa María, el restaurante del Hotel Boutique Batista, un lugar que fusiona bien gastronomía de autor con cocina misionera. Y también llegamos a Caburé La familia, el puesto donde Carla Arriola ofrece el típico caburé regional, en el cuarto tramo de la costanera posadeña Monseñor Kemerer.

Poytava, la casa del chef
En 2011, Saúl Roberto Lencina y María de los Ángeles De Muro empezaron con un proyecto que, recién hoy, 15 años después, tiene la forma de lo que siempre habían soñado. Poytava, más que un restaurante a puertas cerradas, es un mundo que combina varias cosas a la vez. Una extensa mesa que se comparte con otros comensales en el barrio Miguel Lanús; un menú por pasos donde la biodiversidad comestible es protagonista, platos a base de hongos, yuyos y frutas de estación; la línea de conservas Manboreta, a base de frutas nativas como pitanga, jabuticaba, guayaba, moras, y también hongos, todo en formato de mermelada, almíbar o escabeche.

Poytava también es el libro Hongos de Misiones, diseñado por María de los Ángeles, una guía del recolector que acompaña en el búsqueda de doce especies de hongos con fichas técnicas y fotos para identificar; y las jornadas de “setería” o salidas de reconocimiento mitológico donde diversos grupos, junto a Saúl y María de los Ángeles, salen con una canasta a buscar hongos por la provincia de Misiones. Poytava es un universo.

Alguna vez, y con éxito, estuvieron en la costanera, frente al emblemático Monumento Andrés Guacurarí, más conocido como Andresito. Pero no era el lugar: “Fuimos desencontrándonos con lo que estábamos haciendo, sacando mesas y sillas, y fuimos perdiendo plata porque el lugar era grande. Pero también fuimos decidiendo; eligiendo qué queríamos hacer, cuando ya no queríamos ir”.

Para Saúl era raro no querer ir más a cocinar, porque su deseo siempre había sido cocinar para la gente. Tal vez no así, o no de esa manera. “Siempre soñé con tener una mesa, que se siente a alguien, cocinarle, punto”.
En noviembre de 2023, Poytavá llegó al barrio Miguel Lanús, a 20 minutos del emblemático Andresito. En el frente de la casa, o restaurante a puertas cerradas, hay un jardín que podría verse como un íntimo homenaje -yuyos, plantas, hierbas, flores, todo comestible- que Saúl y María de los Angeles le dedican al monte misionero. “Para nosotros ”Monte" (uno de los platos que ofrecen) también es cocina guaraní acomodada y linda, porque un guaraní come frutas, come yuyos…”, explican. La cultura guaraní es el corazón de ese universo llamado Poytava.

En este restaurante hay que reservar lugar. Hay que tocar el timbre, sentarse a la mesa y entregarse al menú de Saúl que, en 2021, fue finalista del premio Barón B por su vorí vorí: caldo de gallina con bolitas de harina de maíz, elaborada por ellos mismos con maíces nativos.

En los pasos del menú puede haber mamón con queso, reversión del típico queso y dulce misionero, con queso ahumado en hierbas y yerba con mamón en pickle; mbejú, pescado y chutney, mbejú tradicional (mandioca fermentada, sin lácteos), pacú ahumado con centro de yuyos silvestres, y chutney de ubajai; monte, yuyos, frutas nativas y flores como jabuticaba, pitanga y guayaba, y vinagre de pitanga; hongos y Kiveve, puré de zapallo al horno de barro, con maíz, leche, miel y queso. Hongos silvestres de recolección, Oudemansiella, Phlebopus, Macrolepiota, Suillus y salsa fondo de hongos.

Av. Las Palmeras 1693. Almuerzo y cena con reserva previa.
IG: @poytava13.
Hevristika
Hevristika significa, “¡Lo he encontrado!”. Y vaya si lo hicieron: Hevristika es el Bar de alta coctelería y Academia de tragos de Verónica Báez, bartender creadora de tragos, y Sofía Lagier, bartender, aunque dedicada a la parte empresarial de la marca.

Abrieron en 2025, en un local situado en la calle San Martín, del barrio Regimiento, y es una novedad para Posadas, un lugar con absoluto encanto por sus luces tenues verdes y azules, sus frascos de fermentos sobre el mostrador, y un mural empapelado con fotos de mujeres icónicas, cantantes, activistas, estrellas pop.

“Tal vez no necesito un final feliz. Tal vez solo necesito un Cosmopolitan bien hecho”, es la frase que presenta el trago favorito de Carrie, el personaje principal de Sex and the city.

La carta combina tradicionales como un Negroni “…que no se improvisa. Se invoca. Se honra. Se reza”, un whisky Sour, -“Espuma justa. Acidez filosa. Golpe suave. Nuestro Whisky Sour no se explica”- y creaciones propias en igual medida. Goloso: tequila infusionado con garrapiñada, triple sec y limón; Aquelarre: vodka, yacaratiá, kéfir, hibiscus, melado y tónica; Puro Chamuyo: whisky bourbon, quinoto, triple sec, clarificado con helado.

En Hevristika también funciona una academia de bartenders, laboratorio creativo donde la biotecnología y el foodpairing -estudio de moléculas aromáticas y la combinación entre ellas- se aplican al arte y técnica de mezclar bebidas, fermentos y botánicos.

Al finalizar el curso, se realizan competencias de tragos de donde surgen revelaciones como el Misa misa, de Mercedes Cañete, ex alumna, hoy bartender, un trago color negro con pineral, licor 43, cordial de durazno, jugo de limón y carbón vegetal; o el Rengoku, de John Dixon, hecho con cordyceps, un tipo de hongo con gusto especiado y chocolatoso.

San Martín 2490. Miércoles, jueves y domingo de 20 a medianoche. Viernes y sábados de y de 20 a 2.
IG: @hevristika
Restaurante Santa María
El restaurante del Hotel Boutique Batista está ubicado a una cuadra y media de la estación de ómnibus, y le debe su nombre al Municipio de Santa María, a 110 kilómetros de Posadas, donde se encuentran las Ruinas Jesuíticas de Santa María la Mayor, declaradas por la UNESCO Patrimonio de la Humanidad. Además, Santa María fue el lugar adonde arribó la familia Batista, que viajaba desde Brasil.

El restaurante ofrece una propuesta delicada y personal que fusiona cocina misionera y cocina de autor. Hay tres chefs que trabajan en los diferentes turnos, elaborando platos que respetan la estacionalidad de los productos.

El lugar es austero, casi minimalista; pocas mesas vestidas con manteles blanquísimos, que dan al jardín interno, vertical y exuberante del hotel.

En la carta se pueden encontrar platos como el roll de surubí con salsa de maracuyá y verduras confitadas; gran surubí Paraná con papas natural; o un grillado de mandioca. También hay carnes y pastas. Un imperdible, el postre Regional Santa María: crocante de madera, con bocha de helado y yacaratiá en almíbar.

Av. Santa Catalina 5873. Lunes a domingo de 12 a 15 y de 19.30 a medianoche.
IG: @santamariaposadas
Caburé La familia
Carla Arriola tiene 31 años y empezó a cocinar a los 16. Es la tercera generación de la familia y aprendió viendo a su madre y abuela hacer el mismo caburé que, con algunas variaciones, vende hoy en sus dos puestos, uno sobre la costanera y otro sobre Avenida Jauretche.

“Esto viene de herencia. Fue pasándose la receta y fuimos cambiando algunas cositas; si bien son los mismos insumos, uno cambia en las proporciones”. El caburé es una preparación a base de almidón, leche, huevo, queso y manteca. Con esos ingredientes se consigue una masa que se extiende y prensa alrededor de un palo de hierro, que luego se pone sobre las brasas. El palo se gira hasta dar con la cocción justa del caburé.

La familia se especializa en elaborar caburés rellenos: jamón y queso, salame y queso, gratinado de carne cortada a cuchillo. “Hago una carne mechada con verduras en una paellera, y eso le da un toque espectacular”, dice Carla. Además, venden otras preparaciones a base de almidón: sopa paraguaya, mbejú, tarta de choclo, chipa so’o (con carne) y chipitas. Se recomienda llegar al puesto, elegir qué degustar y sentarse a comer sobre uno de los banquitos frente al Río Paraná.
Costanera Ex Estación de tren. Lunes a domingo, de 15 a 23.
Avenida Jauretche, 2 puesto. Lunes a domingo, de 6 a 10 y de 15 a 20.
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La nueva radiografía de los argentinos: entre el ajuste del bolsillo y el boom de los tratamientos para bajar de peso

En un escenario económico marcado por la volatilidad y la incertidumbre, el comportamiento del consumidor argentino está mutando hacia un nuevo perfil: el “consumidor inmediatista”. Se trata de un consumidor que se caracteriza por la búsqueda de resultados rápidos, respuestas listas y beneficios tangibles en todas las áreas de su vida.
Así lo exhibieron los resultados del estudio Consumer Pulse 2026, realizado por la consultora Bain & Company. Y a la hora de analizar los datos, Alejandro Pérez De Rosso, responsable de la oficina local, destacó un punto: bajo la superficie de la crisis, operan transformaciones sin precedentes.
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De acuerdo con el estudio, el ánimo promedio del consumidor empeoró este año. En la Argentina, el sentimiento respecto a los últimos tres meses es mayoritariamente pesimista, con una preocupación central: las finanzas personales son la fuente número uno de estrés para el 59% de los encuestados.
Sin embargo, según el especialista, persiste una dualidad curiosa. “Me preocupa mucho el presente y miro el futuro con optimismo, entonces siempre se ve ese doble rojo, verde, rojo verde”, explicó Pérez De Rosso sobre la perspectiva a cinco años, donde la mitad de la población aún cree que el país estará mejor. Este optimismo -indicó- futuro convive con un presente de ajuste, donde el 30% de los consumidores de bajos ingresos temen no poder pagar sus cuentas.
La revolución GLP-1 y el cuidado del cuerpo
La creciente penetración de los medicamentos para bajar de peso fue uno de los puntos del estudio: en la Argentina, el uso de medicamentos GLP-1 alcanza al 31% en los sectores de ingresos altos. Según Pérez De Rosso, “esto no es una tendencia pasajera y menor... llegó para quedarse”.
Estos tratamientos simulan la hormona GLP-1 (péptido similar al glucagón tipo 1), para ralentizar la digestión y enviar señales de saciedad al cerebro. Utilizados inicialmente para el control de peso en personas con diabetes tipo 2 y obesidad, vieron luego extendido su uso.

Este fenómeno -indicó Pérez De Rosso- está “limpiando” las góndolas y redefiniendo categorías enteras. El especialista explicó que los usuarios de estos tratamientos reducen drásticamente el consumo de postres, snacks y alcohol, volcándose hacia alimentos frescos y, especialmente, proteínas. “Se le está metiendo proteína a todo... el ya ponerle el labeling de alta proteína ya te dispara ventas”, señaló el ejecutivo, y destacó cómo productos como el yogur o incluso fideos están adaptando su oferta.
Además -señaló-, el impacto es colateral: al sentirse mejor con su cuerpo, este consumidor gasta más en gimnasios, ropa y maquillaje. “Haber pasado por este tratamiento o estar en este tratamiento te acelera un montón de las tendencias”, afirmó.
Inteligencia artificial y el nuevo comercio
De acuerdo con el estudio, la tecnología es el otro gran pilar del cambio: el 70% de los argentinos ya utiliza herramientas de Inteligencia Artificial (IA). Y aunque todavía existe una barrera de confianza para finalizar transacciones directamente con agentes de IA, se observa un entusiasmo creciente en las etapas de investigación y comparación de precios.
En esa línea, Pérez De Rosso destacó el auge del “comercio conversacional” a través de WhatsApp y redes sociales, canales que ganan terreno frente a las aplicaciones tradicionales.
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“Eso baja mucho las barreras de la gente de bajos ingresos que no se bajó la app... porque es una conversación”, explicó. Y señaló que la IA permitirá una hiper-personalización donde el agente conoce el consumo del usuario y le recomienda productos de forma directa.
La pelea por la lealtad
En un contexto de bolsillo apretado, los programas de fidelización no quedaron fuera de foco. Según el informe, en promedio, los argentinos están inscriptos en 6,6 programas y para el 50% de los consumidores, pertenecer a un programa de lealtad es un factor clave para decidir dónde comprar o qué tarjeta utilizar.
“Ganar esta pelea del programa de lealtad creo que es un elemento importante”, advirtió Pérez De Rosso. En ese sentido, explicó que las empresas están respondiendo con una segmentación “recontravanzada” y descuentos basados en geolocalización, alejándose del “festival de puntos” masivo del pasado para ofrecer beneficios inmediatos y tangibles que el consumidor actual demanda.
Para las empresas -advirtió-, el desafío es claro: innovar en el portafolio de productos para atender la demanda de salud y longevidad, mientras se garantiza una ejecución comercial quirúrgica para capturar a un consumidor que no está dispuesto a esperar.
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La nueva SUV de Lexus y la estrategia de la marca para ganar mercado: ¿un nuevo sedan?

La marca japonesa Lexus presentó en la Argentina dos novedades con las que busca reforzar su estrategia dentro del segmento premium electrificado. Por un lado, lanzó el nuevo RZ 500e, el primer vehículo 100% eléctrico de la compañía en el mercado local. Por otro, actualizó el IS 300h, el sedán deportivo híbrido de la marca, con cambios en diseño y equipamiento.
Una marca de lujo creó al deportivo más extremo que acelera “como un misil”
El RZ 500e Luxury es un SUV eléctrico del segmento E desarrollado sobre una plataforma específica para vehículos con este tipo de motorización. El modelo incorpora dos motores eléctricos —uno en cada eje— que entregan una potencia combinada de 380 CV y trabajan junto al sistema de tracción integral DIRECT4, encargado de distribuir el torque entre ambos ejes según las condiciones de manejo.

La batería es de ion-litio y tiene una capacidad de 74,69 kWh. Según informó la marca, ofrece una autonomía aproximada de hasta 450 kilómetros. Además de alimentar los motores, su ubicación bajo el piso permite bajar el centro de gravedad y mejorar la rigidez estructural del vehículo.

En términos de equipamiento, el SUV incorpora una pantalla multimedia táctil de 14″, conectividad inalámbrica con Apple CarPlay y Android Auto, sistema de audio Mark Levinson, climatizador bizona, techo panorámico y llantas de 20″.
En seguridad suma el paquete Lexus Safety System +, que reúne múltiples asistencias a la conducción como control crucero adaptativo, mantenimiento de carril y sistema de precolisión, entre otras.

El nuevo RZ llega importado desde Japón y figura a un precio de US$106.100. Además, la marca informó que incluirá dos cargadores: uno domiciliario de pared de 7 kW con instalación y otro de emergencia de 2 kW.
El rediseño del IS 300h
La segunda novedad es la actualización del IS 300h, el sedán deportivo híbrido de la marca. El modelo mantiene su esquema híbrido autorrecargable compuesto por un motor naftero 2.5 litros asociado a un propulsor eléctrico, con una potencia combinada de 223 CV y transmisión automática e-CVT.

Se ofrecerá en dos versiones: Luxury y F SPORT. La primera prioriza el confort y el refinamiento, mientras que la variante F SPORT suma una configuración más orientada a una conducción dinámica, con detalles específicos de diseño, suspensión diferenciada, pedalera deportiva, levas al volante y butacas con mayor sujeción lateral.

Ambas versiones incorporan una pantalla multimedia de 12,3″, sistema de audio Mark Levinson, asistencias avanzadas a la conducción y un paquete de seguridad similar al del nuevo RZ.

Los precios anunciados para el mercado local son de US$64.100 para la versión Luxury y de US$66.500 para la variante F SPORT. Tanto el nuevo RZ como el renovado IS 300h cuentan con garantía transferible de 10 años o 200.000 kilómetros.
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Leonardo Padura: “Cuba necesita cambiar porque los cubanos lo piden”

La visita de Leonardo Padura a la Feria Internacional del Libro de Buenos Aires, donde presentó Morir en la arena, su última novela, coincidió con una época apremiante para la Cuba natal del escritor, criado en el barrio habanero de Mantilla, donde eligió vivir pese a las dificultades de la isla. De sus dieciséis libros publicados –obra profusa que incluye guiones de películas y hasta adaptaciones al formato de Netflix–, en este, su último título, no hay diáspora ni detectives melancólicos al estilo de su personaje serial Mario Conde; tampoco reconstrucción histórica como el asesinato de León Trotsky, que abordó en El hombre que amaba a los perros (2009), pero sí acontecimientos reales de color truculento, atados al contexto sociopolítico del país.
Constancia de su cubanidad vivida punta a punta –de la revolución al vilo de hoy–, estas nuevas páginas enfocan, en palabras del autor, “a los golpeados, los comunes y corrientes, no por haber cometido crímenes deleznables o grandes equivocaciones, sino solo por haberles tocado vivir en su tiempo y espacio”. En ellas habla de un miedo que considera tan ubicuo como invisible: “Una sensación que nos circulaba por la sangre, integrada a nuestra vida, y por eso no nos incordiaba”.
Quienes encarnan las seis décadas en las que transcurre el relato son centralmente Rodolfo –un septuagenario abrumado por carencias, que combatió en Angola, fue leal al régimen, pero llega herido de frustración a esa orilla implícita del título– y Nora, antes promisoria y honrosa militante revolucionaria, luego echada de la universidad, marginada por díscola, dada su convicción de justicia contra la arbitrariedad oficial. Alrededor de ellos, no solo fluye la política pública, sino también la política de las familias. La que privilegia, segrega, acompaña, abandona.
Morir en la arena se ubica en una casa donde conviven asuntos fantasmagóricos e inflamables; el ron que nunca alcanza; las remesas desde el extranjero, que tampoco; los cortes de luz; la idea de que lo peor aún está por llegar; los ecos de un parricidio con aire alegórico; Cuba dentro y Cuba fuera.
Padura –premio Princesa de Asturias, Dashiell Hammett, Roger Caillois, entre otros– sigue narrando una intimidad que refleja una memoria colectiva. Recoge, sin edulcorar, lo bueno y lo malo; es crítico, piadoso, admirador de su país. Sostiene una posición incómoda y genuina. No es oficialista, no es opositor, no es exiliado. Destaca la soberanía cubana, los logros sociales históricos, la potencia cultural de su pueblo y la posibilidad de un cambio que, como la revolución de 1959, provenga del interior nacional.
-En Morir en la arena usted vuelve a un procedimiento muy propio, que es contar el país a partir de ficciones particulares. Pero también incluye elementos reales de una historia cercana a su propia vida.
-Mira, para mí el principio de una novela es establecer para qué voy a escribirla. Y el para qué, en este caso, era hablar del desenlace: del final de una generación, más precisamente de la mía. De quienes entran en la tercera edad totalmente vulnerables, quizá siendo aun más pobres que nunca antes. Quienes dependen de una jubilación escasa y aplican estrategias de supervivencia; buscarse oficios colaterales, convertirse en jardineros, personal de limpieza, custodios, o depender de la buena fe de los hijos que viven en el extranjero y les mandan alguna ayuda; eso que Rodolfo llama “donaciones”. Para escribir esa historia empecé por crear personajes como él, como Nora. Pero la novela no despegaba. Entonces me dije: lo que falta es drama. Y encontré un motor dramático clave en la historia de un parricidio real ocurrido en una familia cercana a la mía. Conocer a todos los personajes involucrados en esa tragedia me sirvió para darle ese conflicto mayor al relato.
-Entonces, usted se propuso escribir para hablar de su generación…
-Exacto. Después entró el motor dramático que movía ese para qué y, todavía después, el proceso histórico que fundamentaba ese motor dramático y ese para qué. Que es un recorrido, un barrido por nuestras vidas desde los años 60 hasta el presente. Están estos personajes que se conocen en la escuela primaria, cuando tienen 10 años y que atraviesan distintas etapas, distintos momentos significativos de la historia de mi generación. Los estudios, el conflicto de Nora en la universidad, Rodolfo y la guerra de Angola, la caída del muro de Berlín, un asesinato intrafamiliar y lo que esto desata… Toda una combinación entre propósitos sociales y una historia real que podía contar transformándola, buscando las razones para que esa historia y que esa razón social formaran parte de lo mismo.
-La novela presenta dos hechos notablemente opuestos: el parricidio y el “amor otoñal”, como usted ha definido. ¿Estos elementos son también metáforas de algo colectivo o histórico?
-No pensé en el parricidio con una perspectiva simbólica, sino porque encontraba su función en la novela. Por supuesto, tú y los lectores en general pueden darle otras connotaciones; la literatura es un sistema abierto. Proust lo decía muy claro: cada lector es una novela distinta, porque desde tu propia experiencia y tus propias expectativas, tú completas el relato. Por la parte del amor, pues sí, hay algo de lo que dices. Estos personajes están atravesando un túnel al final del cual hubo una luz que ya se apagó, e incluso ya no se ven las paredes del túnel, pero el hecho de que a una edad ya adulta puedan encontrar en una relación personal, íntima, un sentido para la vida –que es muy importante porque, como sabemos, una de las enfermedades sociales de estos tiempos es la soledad de los viejos– sí tiene un aspecto simbólico: la redención, el perdón, la libertad. Ese amor es un acto de redención; redimere, originalmente aplicaba al esclavo que lograba comprar su libertad; la redención es, en esencia, liberación de uno mismo.
-Morir en la orilla también refiere la adversidad de autores emblemáticos cubanos como Heberto Padilla, José Lezama Lima o Virgilio Piñera, castigados por la Revolución. ¿Esto lo afectó en su propia carrera?
-Esa política cultural en su esencia no ha cambiado, pero han cambiado los métodos. En los años 70 todas las editoriales, las salas de exposición, los teatros, las salas de cine eran del Estado. Es decir que como artista tú podías hacer tu obra, pero si el Estado no te abría las puertas, esa obra nunca circulaba. En los 90 se acaban los cines, no hay electricidad, no hay papel –lo primero que escasea, que hasta entonces venía de la Unión Soviética– y se abre un espacio entre creadores e instituciones privadas: ese fue un espacio de libertad. Fue el momento en que empezó a ser posible, por ejemplo, algo que no ocurría antes y es que yo publicara mi libro fuera de Cuba gracias a Tusquets, una editorial extranjera. Pasado perfecto, la primera novela del personaje de Mario Conde, recién pude publicarla en México.
-¿La propia crisis, dice usted, abrió ese espacio?
-Claro. En los 70 a mí no se me hubiera ocurrido escribir una novela como Pasado perfecto o Vientos de cuaresma o Máscaras, ninguna de las de Conde, y mucho menos una novela como la actual. No había espacio mental para que eso ocurriera. Ni hablar de El hombre que amaba a los perros, que, por cierto, ahora sí: tiene dos ediciones oficiales en Cuba, del Instituto del Libro. Pero mis últimos seis libros no han sido publicados en mi país, aunque circulen en versiones digitales, piratas. Y, a su vez, estos libros me han permitido seguir viviendo en Cuba, escribiendo en Cuba, aun siendo bastante poco visible. No salgo en los periódicos, no salgo en la televisión ni en la radio.
-Se da entonces la paradoja de que usted es un autor muy leído en Cuba, pero sin presencia en los medios públicos, sin promoción y sin editorial local: un parámetro genuino del interés del lector, porque a su vez los libros que más se copian digitalmente es porque realmente se leen.
-Así es, se leen sin promoción pública alguna. El otro día di una conferencia como académico en la Academia Cubana de la Lengua, de la que se está cumpliendo el centenario. Era una exposición puramente técnica, acerca de cómo se escribe una novela, pero dado que hay ahora un problema de transporte muy grave en Cuba, estamos casi sin transporte público, pensamos que iban a ir unas 60 personas. Pues fueron 200. También di hace poco una charla sobre la obra de Mario Vargas Llosa, para hablar de mi relación con él, de nuestros encuentros personales, y se llenó el lugar. Evidentemente la gente sí me conoce. Ahora, ¿qué pasa? Existen las redes sociales, que ni siquiera existían en los años 90 cuando yo empecé a escribir mis novelas.
-¿Es activo en redes?
-No, no tengo ninguna red social. Ninguna. Se que existen algunos grupos de seguidores de mi obra y esas cosas, pero yo no tengo ninguna, ni planeo tener.
-¿Participó del entusiasmo revolucionario de los primeros tiempos, en los sesenta?
-Fui una persona normal en el contexto; participé de las cosas que había que hacer, fui al campo a cortar caña, tuve esta mano en carne viva del machete (muestra la palma derecha) a los 15 años de edad, cuando la “Zafra de los 10 millones” [intento económico y simbólico de la Revolución: producir 10 millones de toneladas de azúcar]; estuve un año en Angola como periodista, participé de cada cosa como un ciudadano. Pero no fui militante de la juventud ni del partido. Nunca fui militante de nada, soy ateo, tampoco me hice masón, como mi padre, masón inveterado, hubiera querido. He tratado de mantener mi independencia en casi todo, siempre.
-La Argentina fue uno de los pocos estados que en 2025, rompiendo su habitual alineamiento con el mundo en este sentido, votó en Naciones Unidas a favor de la continuidad del bloqueo estadounidense ¿Se habla de esto en la Isla? ¿Le merece alguna opinión?
-Sí, se divulgó mucho esa noticia, porque el “embargo”, como lo llaman algunos, es una realidad y es una losa sobre la economía, la vida y la sociedad cubana que causa mucho sufrimiento. Con respecto a la decisión argentina, a mí no me gusta hablar de la realidad de un país en que no vivo, porque hay sutilezas que uno no domina y podría equivocarme. Para Cuba, por otra parte, la Argentina es un referente en muchos sentidos más allá de lo político. No solo es el país del Che, sino también de Gardel, de Libertad Lamarque, de Bioy Casares, o qué decir de dos autores que están en mi canon personal, como Osvaldo Soriano y Manuel Puig, además de los contemporáneos; Guillermo Sacomano, Juan Sasturain, Claudia Piñeiro, que me gustan muchísimo.
-Bueno, aunque prefiera no hablar de la realidad argentina, déjeme decirle que nosotros tenemos como presidente a un hombre que también ama a los perros.
-¿Sí? ¿Cómo Ramón Mercader? ¡Con todo lo que eso significa!… (sonríe)
-En los últimos meses, la presión de Trump pasó de bravuconadas a acciones puntuales que acorralan aun más a Cuba y ponen a sus compatriotas en el límite de la supervivencia. ¿Qué vislumbra para el futuro inmediato?
-Las declaraciones de Trump ponen sobre la mesa todos los escenarios posibles, desde el de cambiar para que no cambie nada, como decía Il Gatopardo, hasta una intervención militar. A nuestra crisis sistémica se ha sumado una presión externa muy fuerte que ha impedido incluso la llegada de combustible. ¿Va a pasar algo? Tiene que pasar algo. El gobierno cubano está haciendo algunos cambios; hay que reconocérselos. Cuba necesita cambiar, pero no porque le pongan una pistola en la cabeza, sino porque los cubanos lo piden. Está todo por hacer: hay que crear condiciones para crecer verdaderamente. Se están adoptando leyes que pretenden que esto ocurra. Todavía hay suficiente inteligencia y generaciones muy bien formadas.
-El Hombre que amaba a los perros le llevó, según sabemos, cinco años de trabajo ¿Qué le diría a quienes escriben con relación a ese esfuerzo que implica la narrativa en proyectos de largo aliento?
-La novela es un género particular: el escritor que la empieza y el que la termina son dos personas distintas. En ese proceso pueden pasar años; y ahí es donde interviene la disciplina de trabajo. Yo creo que hay que aplicar rutinas, aunque esta sea una palabra muy fea para el arte, hay que establecer coherencia con respecto a cómo organizas tu vida. El novelista no puede ser un escritor de fin de semana. Morir en la arena me llevó dos años de escritura, pero la empecé a pensar, a trabajar mentalmente, desde mucho antes. De hecho, ahora mismo estoy empezando una novela y todavía no la estoy escribiendo; sin embargo, todos los días la estoy pensando: así empieza el proceso. El otro día me di cuenta de que hay un personaje que viene del pasado hasta el presente y pensé, ¿cómo voy a plantar ese personaje? Me di cuenta de que tengo que construirlo. Es decir, concebir mentalmente una vida previa de ese personaje para que luego se inserte en la historia. Y eso lo descubrí sin estar escribiendo, aunque mentalmente sí lo estaba haciendo.
-Muchos de sus personajes llegan a la edad que usted tiene ahora como con algo incumplido, pendiente, que no pudo concretarse. ¿Es también su caso?
-Sí, claro. No he podido escribir una novela como Conversación en la Catedral o Cien Años de Soledad. Pero conservo la ambición. Si el escritor la pierde, pues lo mejor que puede hacer es dedicarse a dar conferencias, a escribir ensayos, a parecer inteligente. También me hubiera gustado tener una casa frente al mar, y no la tengo. Me hubiera gustado, cuando tenía 20 años, haber estado viviendo en un altillo en París. Y entonces ni siquiera me lo planteé como una posibilidad porque era un sueño imposible. Pero he tenido, gracias a la literatura, una vida que me permitió conseguir cosas que ni siquiera imaginé. Los libros me han devuelto muchas satisfacciones. Ayer fuimos a comer a una pizzería que se llama Guerrín. Y tuve que sacarme fotos con cuatro personas distintas, con lectores. Creo que esas son muy bonitas recompensas. O que gente –por ejemplo, con Como polvo en el viento me pasó mucho– se acercara a decirme “en esta novela has contado mi vida”.

UN NOVELISTA DE PULSO FIRME
PERFIL: Leonardo Padura
Leonardo Padura nació en La Habana, en 1955. Vive en Cuba. Estudió literatura latinoamericana en la Universidad de La Habana y en sus comienzos se dedicó al periodismo, donde fue jefe de redacción de La Gaceta de Cuba.
La mayor parte de su obra está dedicada a las novelas policiales, aunque su libro más exitoso a nivel internacional, El hombre que amaba a los perros, está dedicado a León Trotsky y a su asesino, Ramón Mercader. Entre sus historias negras, protagonizadas por el inspector bibliófilo Mario Conde, se incluyen Adiós, Hemingway (2001), La neblina del ayer (2005) y La transparencia del tiempo (2018).
Escribió además las novelas Herejes y Personas decentes. Acaba de publicar Morir en la arena (Tusquets)
Entre otros galardones, recibió el Princesa de Asturias en 2015, en España; el Premio Nacional de Literatura de Cuba, en 2012, y la Orden de las Artes y las Letras que otorga Francia.
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